EDUQUEMONOS
EDUQUEMONOS
Amanda
Adriana Arimayn. Arquitecta
Arieh
Sztokman. Rabino
En este Shabat 27 de setiembre de 2025 del
calendario gregoriano, 5 de Tishrei de 5786 del calendario hebreo, leemos en la
Torá la parashá Vaielej (Deuteronomio 31:1 – 31:30)
Hasta este momento Moshé había dado 612
mandamientos a los hijos de Israel. Pero aún quedaba una instrucción más que
debía dar, la última de su vida, la mitzvá (precepto) final de la Torá.
“Ahora, pues, escriban este cántico y enséñenlo a
los hijos de Israel; pónganlo en su boca, para que este cántico Me sea testigo
contra los hijos de Israel.” (Deuteronomio. 31:19)
La Tradición Oral entendió que esto ordenaba que
cada hijo de Israel debía participar en la escritura de un Sefer (libro) Torá.
Así formula Maimónides la siguiente ley:
Todo hijo de Israel varón tiene el mandamiento de
escribir un rollo de la Torá para sí mismo, como está dicho: “Ahora, pues,
escriban este cántico”, es decir, “Escriban para ustedes [una copia completa
de] la Torá que contiene este cántico”, ya que no escribimos pasajes aislados
de la Torá [sino solamente un rollo completo]. Incluso si uno ha heredado un
rollo de la Torá de sus padres, de todos modos, es una mitzvá (precepto)
escribir uno por sí mismo, y quien lo hace es como si la hubiera recibido [a la
Torá] del Monte Sinaí. Quien no sabe cómo escribir un rollo puede encargar [a
un escriba] que lo haga por él, y cualquiera que corrija, aunque sea una sola
letra es como si hubiera escrito un rollo completo. (Leyes de Tefilín, Mezuzá y
Sefer Torá 7:1)
Hay algo poético en el hecho de que Moisés haya
dejado esta ley para el final. Pues era como si estuviera diciendo a la
siguiente generación, y a todas las generaciones futuras:
“No piensen que basta con decir: ‘Mis antepasados
recibieron la Torá de Moisés’.
Ustedes deben tomarla y hacerla nueva en cada
generación.”
Y así lo hicieron los judíos.
Todo el judaísmo es una historia de amor extendida
entre un pueblo y un libro: entre los judíos y la Torá. Nunca un pueblo amó y
honró tanto un libro. Lo leyeron, lo estudiaron, discutieron con él, lo
vivieron.
En su presencia se ponían y se ponen de pie como
ante un rey.
En Simjat Torá, bailaban y bailan con él como si
fuera una novia. Si, Dios no lo quiera, caía, ayunaban. Si ya no era apto para
usarse, lo enterraban como si fuera un pariente que había muerto.
Durante mil años escribieron comentarios a él en
forma del resto del Tanaj (hubo mil años entre Moisés y el profeta Malaquías,
el último de los profetas, y en el último capítulo de los libros proféticos,
Malaquías dice en nombre de Dios: “Recuerden la Torá de mi siervo Moisés, los
decretos y leyes que le di en Horeb para todo Israel”).
Luego, por otros mil años, entre el último de los
profetas y el cierre del Talmud de Babilonia, escribieron comentarios a los
comentarios en forma de documentos – Midrash, Mishná y Guemará – de la Ley
Oral.
Después, por otros mil años más, desde los Gueonim
(fueron los presidentes de las grandes academias talmúdicas de Babilonia) hasta
los Rishonim (sucesores de los gueonim en los siglos XI a XV) y los Ajaronim
(rabinos que vivieron entre los siglos XVI y XX) escribieron comentarios a los
comentarios de los comentarios, en forma de exégesis bíblica, códigos legales y
obras de filosofía.
Hasta la era moderna, prácticamente todo texto
judío era directa o indirectamente un comentario a la Torá.
Durante cien generaciones fue más que un libro.
Era la carta de amor de Dios al pueblo judío, el
regalo de Su palabra, la prenda de su desposorio, el contrato matrimonial entre
el cielo y el pueblo judío, el vínculo que Dios nunca rompería ni rescindiría.
Era la historia del pueblo y su constitución
escrita como nación bajo Dios.
Cuando fueron exiliados de su tierra se convirtió
en la prueba documental de una promesa pasada y de una esperanza futura.
Disperso, esparcido, sin tierra, sin poder,
mientras un judío tuviera la Torá estaba en casa – si no físicamente, al menos
espiritualmente.
Hubo momentos en que era lo único que tenían.
De allí la desgarradora línea en uno de los poemas
litúrgicos de Neilá al final de Yom Kipur:
Ein lanu shiur rak haTorah hazot, “No nos queda
nada excepto esta Torá.”
Era su mundo.
Según un Midrash, era la arquitectura de la
creación: “Dios miró en la Torá y creó el Universo.”
Según otra tradición, toda la Torá era un solo
nombre místico de Dios.
Decían los sabios que estaba escrita en letras de
fuego negro sobre fuego blanco.
Rabí Iose ben Kisma, arrestado por los romanos por
enseñar Torá en público, fue sentenciado a muerte, envuelto en un rollo de la
Torá que luego quemaron. Mientras moría, sus alumnos le preguntaron qué veía.
Él respondió: “Veo el pergamino ardiendo, pero las letras volando [de regreso
al cielo]” (Talmud Avodá Zará 18a).
Los romanos podían quemar los rollos, pero la Torá
era indestructible.
Así, hay un poder inmenso en la idea de que, al
llegar Moisés al final de su vida, y la Torá al final de su narrativa, el
imperativo final fuera un mandamiento de seguir escribiendo y estudiando la
Torá, enseñándola al pueblo y “poniéndola en su boca” para que no los
abandonara, ni ellos a ella.
La palabra de Dios viviría dentro de ellos,
dándoles vida.
Varios de los Salmos, especialmente 1, 19 y 119,
son poemas en alabanza al estudio de la Torá.
Mientras el pueblo judío siga estudiando, no
morirá.
Por ello, la Torá concluye con el último
mandamiento: seguir escribiendo y estudiando la Torá.
Y esto se resume en la hermosa costumbre, en Simjat
Torá, de pasar inmediatamente de leer el final de la Torá a leer su comienzo.
La última palabra de la Torá es Israel; la última
letra es una lamed (como una letra L).
La primera palabra de la Torá es Bereshit; la
primera letra es una bet (Como una B). Lamed seguida de bet forma lev,
“corazón”.
Mientras el pueblo judío nunca deje de aprender, el
corazón judío nunca dejará de latir.
Nunca un pueblo amó tanto la Tora y a Dios.
En hebreo la palabra “nunca” no existe.
SHABAT SHALOM
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