|
La oscuridad no puede
expulsar la oscuridad: solo la luz puede hacerlo. El odio no puede
expulsar el odio: solo el amor puede hacerlo. El odio multiplica el
odio, la violencia multiplica la violencia, y la dureza multiplica la
dureza . . . (Martin Luther King)
Toda la oscuridad que hay en
el mundo no puede apagar la luz de una sola vela.
El odio es
un sentimiento.
Intensa
respuesta emocional de repulsa hacia alguien o algo que provoca el
deseo de rechazar o eliminar aquello que genera disgusto; es decir,
sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o
repulsión hacia una persona, cosa, idea, o fenómeno, Así como el
deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo.
El odio
se puede basar en el resentimiento a su objetivo, ya sea justificado
o no, o más allá de las consecuencias negativas de relacionarse con
él, esto por envidia, odio general o necesidad de atención, aunque se
puede deber a traumas o desconfianzas, o enseñanzas recibidas.
El odio
se describe con frecuencia como lo contrario del amor o el afecto.
El odio
puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del
equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción.
El odio
no es justificable desde el punto de vista racional porque atenta
contra la posibilidad de diálogo y construcción común.
Es
posible que las personas sientan cierta aversión sobre personas u
organizaciones, incluso ciertas tendencias ideológicas, evitando la
opinión propia como si la persona que odia a los demás fuera la
única.
El odio
es una intensa sensación de desagrado.
Se puede
presentar en una amplia variedad de contextos, desde el odio de los
objetos inanimados o animales, al odio de uno mismo u otras personas,
grupos enteros de personas, la gente en general, la existencia, la
sociedad, o todo.
Hay un
versículo en la parasha Ki Tetse que hemos de leer este Shabat que es
trascendental en sus implicaciones.
Es fácil
pasarlo por alto, ya que aparece en medio de una serie de leyes
misceláneas sobre herencia, hijos rebeldes, bueyes sobrecargados,
violaciones del matrimonio y esclavos fugitivos.
Sin ningún
énfasis especial o preámbulo, Moisés entrega un mandato tan
contraintuitivo que tenemos que leerlo dos veces para asegurarnos de
haberlo escuchado correctamente:
No aborrezcas (odies) al
edomita, porque es tu hermano.
No aborrezcas (odies) al
egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra. (Deuteronomio. 23:8)
¿Qué significa
esto en su contexto bíblico?
Los egipcios en
tiempos de Moisés habían esclavizado a los hijos de Israel,
“amargaron sus vidas”, los sometieron a un régimen despiadado de duro
trabajo y los obligaron a comer el pan de la aflicción.
Habían
emprendido un programa de intento de genocidio, el Faraón ordenando a
su pueblo arrojar “a todo hijo varón [israelita] nacido, al río” (Éxodo.
1:22).
Ahora, cuarenta
años después, Moisés habla como si nada de esto hubiera ocurrido,
como si los hijos de Israel le debieran a los egipcios una deuda de
gratitud por su hospitalidad.
Sin embargo, él
y el pueblo estaban donde estaban únicamente porque huían de la
persecución egipcia.
Y no quería que
el pueblo lo olvidara. Al contrario, les dijo que relataran la
historia del Éxodo cada año, como aún hacemos en Pesaj, reviviéndola
con hierbas amargas y pan sin levadura para que la memoria sea
transmitida a todas las generaciones futuras.
Si quieres
preservar la libertad, nunca olvides lo que se siente perderla.
Sin embargo,
aquí, a orillas del Jordán, dirigiéndose a la siguiente generación, le
dice al pueblo: “No odies al egipcio”. ¿Qué significa este versículo?
Para ser libre,
debes dejar ir el odio.
Eso es lo que
está diciendo Moisés.
Si continuaban
odiando a sus antiguos enemigos, Moisés habría sacado a los hijos de
Israel de Egipto, pero no habría sacado a Egipto de dentro de los hijos de Israel.
Mentalmente,
aún estarían allí, esclavos del pasado. Seguirían encadenados, no con
cadenas de metal, sino de la mente – y las cadenas de la mente son
las más restrictivas de todas.
No se puede
crear una sociedad libre sobre la base del odio.
El
resentimiento, la rabia, la humillación, el sentido de injusticia, el
deseo de restaurar el honor infligiendo daño a los antiguos
perseguidores – estas son condiciones de una falta profunda de
libertad.
Debes
vivir con el pasado, pero no en el pasado.
Quienes son
cautivos del enojo contra sus antiguos perseguidores siguen siendo
cautivos.
Quienes
permiten que sus enemigos definan quiénes son, aún no han alcanzado
la libertad.
Los libros de
Moisés (La Tora) se refieren una y otra vez al Éxodo y al imperativo
de la memoria: “recuerda que fuiste esclavo en Egipto”. Cada viernes
en la cena, cuando decimos la bendición sobre el vino (Kidush)
decimos “recuerda la salida de Egipto”.
Sin embargo,
nunca se invoca esto como razón para el odio, la represalia o la
venganza. Siempre aparece como parte de la lógica de la sociedad
justa y compasiva que se ordena a los hijos de Israel crear: el orden
alternativo, la antítesis de Egipto.
El mensaje
implícito es: Limita la esclavitud, al menos en lo que respecta a tu
propio pueblo. No los sometas a trabajos duros. Dales descanso y
libertad cada séptimo día. Libéralos cada séptimo año. Reconócelos
como iguales a ti, no como ontológicamente inferiores.
Nadie nace para
ser esclavo.
Da
generosamente a los pobres. Permite que coman de las sobras de la
cosecha. Déjales una esquina del campo. Comparte tus bendiciones con
otros. No prives a la gente de su sustento. Toda la estructura de la
ley bíblica está enraizada en la experiencia de la esclavitud en
Egipto, como para decir: sabes en tu corazón lo que se siente ser
víctima de persecución, por lo tanto, no persigas a otros.
La ética
bíblica se basa en actos repetidos de inversión de roles, usando la
memoria como fuerza moral.
En la Torá, se
nos ordena usar la memoria no para preservar el odio, sino para
conquistarlo recordando lo que se siente ser su víctima. “Recuerda” –
no para vivir en el pasado, sino para evitar una
repetición del pasado.
En el primer
encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente, se le encarga la
misión de llevar al pueblo a la libertad.
Si un hebreo, hombre o mujer,
se vende a ti y te sirve seis años, en el séptimo año lo dejarás ir
libre. Y cuando lo liberes, no lo enviarás con las manos vacías.
Lo proveerás generosamente de tu rebaño, de tu era y de tu lagar. Le
darás conforme te haya bendecido el Señor tu Dios. Y recordarás que
fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te redimió. Por eso
te doy hoy esta orden.
(Deuteronomio. 15:12-15)
La esclavitud
necesita un “cierre narrativo”. Para adquirir libertad, un esclavo
debe poder dejar atrás los sentimientos de antagonismo hacia su
antiguo amo.
No debe
marcharse cargado con un sentido de agravio o ira, humillación o
desprecio. Si lo hiciera, habría sido liberado, pero no emancipado.
Físicamente
libre, mentalmente seguiría siendo esclavo.
Debe haber un
acto de generosidad por parte del amo para que el esclavo pueda
marcharse sin resentimiento.
La esclavitud
deja una cicatriz en el alma que debe ser sanada.
Precisamente
porque quiero que recuerden el pasado, es esencial que lo hagan sin
odio ni deseo de venganza.
Lo que deben
recordar es el dolor de ser esclavo, no la ira hacia sus amos. Debe
haber un acto de cierre simbólico.
El odio y la
libertad no pueden coexistir.
Un pueblo libre
no odia a sus antiguos enemigos; si lo hace, aún no está listo para
la libertad.
Para crear una
sociedad no persecutoria a partir de un pueblo que ha sido
perseguido, hay que romper las cadenas del pasado; robarle a la
memoria su aguijón; sublimar el dolor en energía constructiva y en la
determinación de construir un futuro diferente.
La libertad
implica el abandono del odio, porque el odio es la abdicación de la
libertad.
Ese fue el
mensaje de Moisés a quienes estaban a punto de entrar en la Tierra
Prometida: que una sociedad libre sólo puede ser construida por
personas que aceptan la responsabilidad de la libertad, sujetos que
se niegan a verse a sí mismos como objetos, personas que se definen
por el amor a Dios, no por el odio al otro. “No aborrezcas al
egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra”, dijo Moisés,
queriendo decir: Para ser libre, debes dejar ir el odio.
“No tomaras venganza
ni guardaras rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amaras a
tu semejante como a ti mismo, Yo el Eterno” (Levítico 19:18)
|
Comentarios
Publicar un comentario