NO OLVIDES

 

NO OLVIDES

       Amanda Adriana Arimayn. Arquitecta

       Arieh Sztokman. Rabino

La oscuridad no puede expulsar la oscuridad: solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio: solo el amor puede hacerlo. El odio multiplica el odio, la violencia multiplica la violencia, y la dureza multiplica la dureza . . . (Martin Luther King)

Toda la oscuridad que hay en el mundo no puede apagar la luz de una sola vela.

El odio es un sentimiento.

Intensa respuesta emocional de repulsa hacia alguien o algo que provoca el deseo de rechazar o eliminar aquello que genera disgusto; es decir, sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, idea, o fenómeno, ​Así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo.

El odio se puede basar en el resentimiento a su objetivo, ya sea justificado o no, o más allá de las consecuencias negativas de relacionarse con él, esto por envidia, odio general o necesidad de atención, aunque se puede deber a traumas o desconfianzas, o enseñanzas recibidas.

El odio se describe con frecuencia como lo contrario del amor o el afecto.

El odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción.

El odio no es justificable desde el punto de vista racional porque atenta contra la posibilidad de diálogo y construcción común.

Es posible que las personas sientan cierta aversión sobre personas u organizaciones, incluso ciertas tendencias ideológicas, evitando la opinión propia como si la persona que odia a los demás fuera la única.

El odio es una intensa sensación de desagrado.

Se puede presentar en una amplia variedad de contextos, desde el odio de los objetos inanimados o animales, al odio de uno mismo u otras personas, grupos enteros de personas, la gente en general, la existencia, la sociedad, o todo.

 

 

 

Hay un versículo en la parasha Ki Tetse que hemos de leer este Shabat que es trascendental en sus implicaciones.

Es fácil pasarlo por alto, ya que aparece en medio de una serie de leyes misceláneas sobre herencia, hijos rebeldes, bueyes sobrecargados, violaciones del matrimonio y esclavos fugitivos.

Sin ningún énfasis especial o preámbulo, Moisés entrega un mandato tan contraintuitivo que tenemos que leerlo dos veces para asegurarnos de haberlo escuchado correctamente:

No aborrezcas (odies) al edomita, porque es tu hermano.

No aborrezcas (odies) al egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra. (Deuteronomio. 23:8)

¿Qué significa esto en su contexto bíblico?

Los egipcios en tiempos de Moisés habían esclavizado a los hijos de Israel, “amargaron sus vidas”, los sometieron a un régimen despiadado de duro trabajo y los obligaron a comer el pan de la aflicción.

Habían emprendido un programa de intento de genocidio, el Faraón ordenando a su pueblo arrojar “a todo hijo varón [israelita] nacido, al río” (Éxodo. 1:22).

Ahora, cuarenta años después, Moisés habla como si nada de esto hubiera ocurrido, como si los hijos de Israel le debieran a los egipcios una deuda de gratitud por su hospitalidad.

Sin embargo, él y el pueblo estaban donde estaban únicamente porque huían de la persecución egipcia.

Y no quería que el pueblo lo olvidara. Al contrario, les dijo que relataran la historia del Éxodo cada año, como aún hacemos en Pesaj, reviviéndola con hierbas amargas y pan sin levadura para que la memoria sea transmitida a todas las generaciones futuras.

Si quieres preservar la libertad, nunca olvides lo que se siente perderla.

Sin embargo, aquí, a orillas del Jordán, dirigiéndose a la siguiente generación, le dice al pueblo: “No odies al egipcio”. ¿Qué significa este versículo?

Para ser libre, debes dejar ir el odio. 

Eso es lo que está diciendo Moisés.

 

Si continuaban odiando a sus antiguos enemigos, Moisés habría sacado a los hijos de Israel de Egipto, pero no habría sacado a Egipto de  dentro de los hijos de Israel.

Mentalmente, aún estarían allí, esclavos del pasado. Seguirían encadenados, no con cadenas de metal, sino de la mente – y las cadenas de la mente son las más restrictivas de todas.

No se puede crear una sociedad libre sobre la base del odio. 

El resentimiento, la rabia, la humillación, el sentido de injusticia, el deseo de restaurar el honor infligiendo daño a los antiguos perseguidores – estas son condiciones de una falta profunda de libertad.

Debes vivir con el pasado, pero no en el pasado.

Quienes son cautivos del enojo contra sus antiguos perseguidores siguen siendo cautivos.

Quienes permiten que sus enemigos definan quiénes son, aún no han alcanzado la libertad.

Los libros de Moisés (La Tora) se refieren una y otra vez al Éxodo y al imperativo de la memoria: “recuerda que fuiste esclavo en Egipto”. Cada viernes en la cena, cuando decimos la bendición sobre el vino (Kidush) decimos “recuerda la salida de Egipto”.

Sin embargo, nunca se invoca esto como razón para el odio, la represalia o la venganza. Siempre aparece como parte de la lógica de la sociedad justa y compasiva que se ordena a los hijos de Israel crear: el orden alternativo, la antítesis de Egipto.

El mensaje implícito es: Limita la esclavitud, al menos en lo que respecta a tu propio pueblo. No los sometas a trabajos duros. Dales descanso y libertad cada séptimo día. Libéralos cada séptimo año. Reconócelos como iguales a ti, no como ontológicamente inferiores.

Nadie nace para ser esclavo.

Da generosamente a los pobres. Permite que coman de las sobras de la cosecha. Déjales una esquina del campo. Comparte tus bendiciones con otros. No prives a la gente de su sustento. Toda la estructura de la ley bíblica está enraizada en la experiencia de la esclavitud en Egipto, como para decir: sabes en tu corazón lo que se siente ser víctima de persecución, por lo tanto, no persigas a otros.

La ética bíblica se basa en actos repetidos de inversión de roles, usando la memoria como fuerza moral.

En la Torá, se nos ordena usar la memoria no para preservar el odio, sino para conquistarlo recordando lo que se siente ser su víctima. “Recuerda” – no para vivir en el pasado, sino para evitar una repetición del pasado.

En el primer encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente, se le encarga la misión de llevar al pueblo a la libertad.

Si un hebreo, hombre o mujer, se vende a ti y te sirve seis años, en el séptimo año lo dejarás ir libre. Y cuando lo liberes, no lo enviarás con las manos vacías. Lo proveerás generosamente de tu rebaño, de tu era y de tu lagar. Le darás conforme te haya bendecido el Señor tu Dios. Y recordarás que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te redimió. Por eso te doy hoy esta orden.

(Deuteronomio. 15:12-15)

La esclavitud necesita un “cierre narrativo”. Para adquirir libertad, un esclavo debe poder dejar atrás los sentimientos de antagonismo hacia su antiguo amo.

No debe marcharse cargado con un sentido de agravio o ira, humillación o desprecio. Si lo hiciera, habría sido liberado, pero no emancipado.

Físicamente libre, mentalmente seguiría siendo esclavo.

Debe haber un acto de generosidad por parte del amo para que el esclavo pueda marcharse sin resentimiento.

La esclavitud deja una cicatriz en el alma que debe ser sanada.

Precisamente porque quiero que recuerden el pasado, es esencial que lo hagan sin odio ni deseo de venganza.

Lo que deben recordar es el dolor de ser esclavo, no la ira hacia sus amos. Debe haber un acto de cierre simbólico.

El odio y la libertad no pueden coexistir.

Un pueblo libre no odia a sus antiguos enemigos; si lo hace, aún no está listo para la libertad.

Para crear una sociedad no persecutoria a partir de un pueblo que ha sido perseguido, hay que romper las cadenas del pasado; robarle a la memoria su aguijón; sublimar el dolor en energía constructiva y en la determinación de construir un futuro diferente.

La libertad implica el abandono del odio, porque el odio es la abdicación de la libertad.

Ese fue el mensaje de Moisés a quienes estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida: que una sociedad libre sólo puede ser construida por personas que aceptan la responsabilidad de la libertad, sujetos que se niegan a verse a sí mismos como objetos, personas que se definen por el amor a Dios, no por el odio al otro. “No aborrezcas al egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra”, dijo Moisés, queriendo decir: Para ser libre, debes dejar ir el odio.

“No tomaras venganza ni guardaras rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amaras a tu semejante como a ti mismo, Yo el Eterno” (Levítico 19:18)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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