JOSE PERDONO
JOSÉ PERDONÓ
Hay instancias que cambian el mundo. Hay algo semejante en la parashá de
esta semana y de alguna forma puede haber sido no menos transformadora que las
anteriores.
Ocurrió cuando finalmente José reveló su identidad ante sus hermanos.
Cuando ellos quedaron mudos y en estado de shock, les dijo estas palabras:
“Yo soy vuestro hermano José, al que ustedes
vendieron a Egipto. Y ahora, no estén angustiados ni enojados con vosotros
mismos por haberme vendido aquí, porque fue para salvar vidas que Dios me envió
delante de ustedes…no fueron ustedes los que me enviaron aquí sino Dios.”
(Génesis 45: 4-8)
Este es el primer registro de un momento histórico en el que un ser
humano perdona a otro.
El perdón brilla por su ausencia en los relatos del Diluvio, de la Torre
de Babel y de Sodoma.
Cuando Abraham rezó audazmente en favor del pueblo de Sodoma, no le
pidió a Dios que lo perdone.
Su propuesta se refería a la justicia, no al perdón.
Quizá habría personas inocentes allí, cincuenta o al menos diez. Habría
sido injusto que murieran. Lo meritorio sería salvarlos, dice Abraham. Eso es
bastante distinto a pedirle a Dios que los perdone.
José perdonó.
Esa fue la primera vez en la historia.
Pero la Torá da a entender que los hermanos no captaron plenamente el
significado de sus palabras. Después de todo, no pronunció explícitamente la
palabra ‘perdonar’. Les dijo que no se angustiaran. Dijo: “no fueron
ustedes sino Dios”. Les dijo que su acción resultó, de alguna forma, positiva.
Pero en teoría, todo esto sería compatible con hallarlos culpables y
merecedores de castigo.
Es por eso que la Torá cuenta un segundo evento años más tarde, después
de la muerte de Jacob.
Los hermanos piden tener una reunión con José temiendo que ahora él se
vengara. Por eso prepararon este relato:
Enviaron un mensaje a José diciendo: “Tu padre dejó
estas instrucciones antes de morir: ‘Esto es lo que deben decirle a José: Pido
que él los perdone por los pecados y maltratos que han cometido’.
Ahora por favor perdona los pecados de los servidores del Dios de
vuestro padre”. Cuando recibió el mensaje, José lloró. (Génesis 50: 15-18)
Lo que ellos dijeron fue una mentira piadosa, pero José entendió por qué
fue.
Los hermanos usaron la palabra “perdonar” porque todavía no tenían la
certeza de lo que quiso decir José.
¿Es posible que alguien que haya sido vendido como esclavo pueda
perdonar? José lloró porque sus hermanos no lograron comprender que él los
había perdonado ya tiempo atrás. No estaba enojado, resentido ni con deseo de
venganza. Había dominado sus emociones y reformulado su comprensión de los
hechos.
El perdón no aparece en todas las culturas.
No es una cualidad humana universal ni un imperativo biológico. No
existía el concepto del perdón en la literatura griega antigua. Había otra
cosa, muchas veces confundida con el perdón: el aplacamiento de la ira.
Cuando una persona provoca un daño a otra, la víctima se enfurece y
busca vengarse. Esto es decididamente peligroso para el causante y podría
intentar calmar a la víctima y olvidarse del asunto.
Pueden esgrimirse diversas excusas: no fui yo, fue otro. O, sí, fui yo,
pero no lo pude evitar. O efectivamente, fui yo, pero en el pasado te he hecho
tanto bien que este hecho insignificante lo puedes dejar pasar.
La respuesta es que con el judaísmo nació una nueva moralidad.
El judaísmo es (principalmente) una ética de la culpa, a diferencia de
la mayoría de los otros sistemas que son éticas de la vergüenza.
Una de las diferencias fundamentales entre las dos es que la vergüenza
queda ligada a la persona. La culpa está ligada al acto.
En las culturas de la vergüenza, cuando una persona comete un acto
reprobable, esa persona queda marcada, manchada, profanada.
En las culturas de la culpa lo que está mal es el acto, no el causante,
no el pecador sino el pecado. La persona mantiene su valor fundamental (“el
alma que nos has dado es pura,” como decimos en los rezos).
Es el acto el que de alguna forma debe ser corregido.
Es por eso que en las culturas de la culpa hay procesos de
arrepentimiento, expiación y perdón.
Eso es lo que explica el comportamiento de José desde que aparecieron
sus hermanos en Egipto por primera vez hasta el punto, en la parashá de esta
semana, donde revela su identidad y perdona a sus hermanos.
Es un caso de libro, el hecho de brindar a sus hermanos un curso de
expiación, el primero en la literatura. José les está enseñando, y la Torá nos
enseña a nosotros, lo que es ganarse el perdón.
Recordemos lo ocurrido.
Primero los acusa de un crimen que no han cometido. Dice que son espías.
Los encarcela durante tres días. Después, tomando a Simón de rehén, les dice
que deben volver a su hogar y traer consigo a Benjamín, el hermano menor. En
otras palabras, los obliga a reproducir la escena en la cual vuelven a
enfrentar a su padre con la ausencia de uno de los hermanos, José. Vean lo que
ocurre a continuación.
Se dijeron uno al otro, «Ciertamente merecemos ser castigados
debido al episodio de nuestro hermano. Nosotros vimos cuán angustiado estaba
cuando nos rogó por su salvación, pero no quisimos escucharlo; es por eso que
esta angustia ha descendido sobre nosotros «…Ellos no advirtieron que José
entendía todo lo que hablaban porque estaba usando un traductor. (Génesis 42:
21-23).
Esta es la primera
etapa del arrepentimiento. Admitieron que habían obrado mal.
Luego, después del segundo encuentro, José hace que coloquen su copa de
plata en el saco de Benjamín. Se descubre esta prueba incriminatoria y los
hermanos son traídos de vuelta. Les dicen que Benjamín debe ser retenido como
esclavo.
«¿Qué podemos decir a mi señor? «replica Judá.
¿Cómo podemos demostrar su inocencia? Dios ha descubierto la culpabilidad de
vuestros servidores. Somos ahora los esclavos de mi señor – todos nosotros y el
que tuvo la copa» (Génesis 44: 16).
Esta es la segunda etapa del arrepentimiento. Por último, confiesan. Más
que eso, admiten su responsabilidad colectiva. Esto es importante. Cuando los
hermanos vendieron a José, fue Judá el que lo propuso (Génesis 37: 26-27) con
la complicidad de todos los demás, salvo Rubén.
Por último, en el momento culminante de la historia, Judá mismo dice:
«Entonces permítame permanecer aquí como esclavo en lugar del muchacho. ¡Déjelo
volver con sus hermanos! «(Génesis 42: 32)
Judá, quien vendió a José como esclavo, está dispuesto a entregarse con
tal de que sea liberado su hermano Benjamín.
Esto es el arrepentimiento completo, o sea,
cuando las circunstancias se repiten y tiene la posibilidad de repetir la acción,
pero no lo hace, porque ha cambiado.
Ahora José puede perdonar, porque sus hermanos, liderados por
Judá, han pasado por las tres etapas del arrepentimiento: 1) admitir la culpa.
2) confesar y 3) cambiar la conducta.
El perdón sólo existe en la cultura en la que existe el arrepentimiento.
El mismo presupone que somos entes libres y moralmente responsables
capaces de cambiar, específicamente cuando reconocemos que hemos hecho algo que
está mal de lo cual somos responsables, y que no lo volveremos a hacer.
La posibilidad de que esa transformación fuera factible en la Grecia
antigua ni en cualquier otra cultura pagana, sencillamente no existía. En el
caso de Grecia, era una cultura de vergüenza y honor que giraba sobre el doble
concepto de carácter y destino.
El judaísmo era, en cambio, la cultura del arrepentimiento y perdón
cuyos conceptos centrales eran la voluntad y la elección.
La idea del perdón fue adoptada por el cristianismo haciendo que la
ética judeo-cristiana fuera el vehículo principal del perdón en la historia.
Arrepentimiento y
perdón no son solo ideas entre muchas otras. Transformaron la situación humana.
Por primera vez el
arrepentimiento estableció la posibilidad de no estar condenado eternamente a
repetir el pasado.
Cuando me
arrepiento, muestro que puedo cambiar.
El futuro no está
predestinado. Puedo hacer que sea distinto a lo que podría haber sido.
El perdón nos
libera del pasado.
Rompe la irreversibilidad de la reacción y la venganza.
Es el acto de
deshacer lo ya hecho.
La humanidad cambió el día que José perdonó a sus hermanos.
Cuando perdonamos y somos dignos de ser perdonados, ya no somos
prisioneros del pasado.
La vida moral es la que abre el espacio para el perdón.
Extraído del comentario hecho por el Rabino Jonathan Sacks (Z”L)
SHABAT SHALOM
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