La identidad como pregunta
La
identidad como pregunta: relatos judíos en un tiempo volátil
En un tiempo de identidades
fragmentarias, las narrativas judías proponen una ética de la pregunta: una
identidad que no se refugia en certezas, atravesada por el conflicto y la
incomodidad moral.
Por Gustavo Efron
Esta nota
se propone pensar aquella identidad judía que se va tejiendo en imágenes y
palabras que nos narran. No como géneros culturales ni como expresiones
artísticas aisladas, sino como un espacio vivo donde la identidad se interroga,
se tensiona y se redefine
Se propone ir más allá de la superficie: pensar por qué, cuando las narrativas
judías cuentan historias, en realidad están interrogando la identidad. Nuestra
identidad.
No solo la reflejan: la construyen, la discuten y, muchas veces, la vuelven
inestable.
Porque ser
judío nunca fue simplemente pertenecer a una religión.
Ni siquiera a un pueblo en el sentido clásico.
Ser judío fue, desde siempre, una experiencia atravesada por el relato.
La Biblia
no empieza con una definición, empieza con una historia.
El Talmud no es un código cerrado: es una discusión infinita.
Y la modernidad judía no se expresó primero en tratados filosóficos, sino en
novelas, cuentos, poemas, obras de teatro… y, más tarde, en películas.
La
literatura y el cine judío no nos dicen quiénes somos con una consigna.
Nos lo preguntan.
Y en esa pregunta insistente se va armando una identidad compleja, incómoda,
contradictoria, pero profundamente viva.
Pensemos en
la literatura judía moderna.
Kafka, por ejemplo.
Kafka no escribió “sobre” el judaísmo de manera explícita.
Pero es difícil encontrar una obra que exprese mejor la sensación de
extranjería permanente, de culpa sin causa clara, de leyes opacas, de
tribunales invisibles.
Ese mundo kafkiano es también el mundo del judío moderno: alguien que pertenece
y no pertenece, que busca sentido en un sistema que nunca termina de
explicarse.
O pensemos
en Isaac Bashevis Singer.
En sus cuentos hay demonios, rabinos, mujeres que dudan, hombres que fracasan,
comunidades cerradas y pasiones prohibidas.
Singer no idealiza el mundo judío tradicional: lo expone con amor y con
crudeza.
Y al hacerlo, nos obliga a mirarnos sin maquillaje.
La
literatura judía no construye héroes puros.
Construye personajes llenos de fisuras.
Y ahí está una clave central: nuestra identidad no se basa en la épica del
vencedor, sino en la ética del que se pregunta.
Lo mismo
ocurre en el cine.
Desde Woody Allen hasta los hermanos Coen, desde Amos Gitai hasta Joseph Cedar,
el cine judío —en Israel y en la diáspora— vuelve una y otra vez sobre las
mismas tensiones: tradición y modernidad, ley y deseo, memoria y presente,
pertenencia y distancia.
Woody Allen
convirtió la neurosis judía en lenguaje universal.
Sus personajes dudan, se contradicen, se analizan sin parar.
Pero detrás del humor hay algo profundamente judío: la incapacidad de aceptar
respuestas simples.
La idea de que toda afirmación debe ser puesta en duda.
Que toda certeza es sospechosa.
En el cine
israelí contemporáneo esa tensión se vuelve política, social, existencial.
Películas que hablan del ejército, de la religión, del conflicto, pero también
—y sobre todo— de individuos que no encajan del todo.
Soldados que dudan.
Religiosos que se quiebran.
Laicos que buscan algo que creían haber dejado atrás.
Y es
imposible no decirlo: en ese cine y en esa literatura aparece también, cada vez
con más fuerza, la pregunta ética frente a la cuestión palestina.
No como consigna ni como propaganda, sino como dilema.
Como conflicto moral.
Porque una
tradición que hizo de la ética una piedra angular no puede eludir la pregunta
por el otro.
Por el daño causado.
Por los límites del poder.
Por la responsabilidad que nace cuando se deja de ser solo víctima de la
historia y se pasa a ser también actor.
Muchas
obras del cine y la literatura judía contemporánea —especialmente en Israel— no
ofrecen respuestas tranquilizadoras.
Exponen la incomodidad de la ocupación, el peso de la violencia, la erosión
moral que produce la normalización del conflicto.
Y lo hacen desde un lugar profundamente judío: el de quien se interroga a sí
mismo antes de señalar al enemigo.
Ahí también
se juega la identidad.
No en la negación del conflicto, sino en la capacidad de mirarlo sin anestesia.
En la voluntad de sostener una ética incluso cuando resulta incómoda para el
propio bando.
El cine y
la literatura judía insisten en una idea difícil pero necesaria: la identidad
no es un refugio, es un campo de tensión.
Y quizás
por eso siguen siendo tan centrales.
Porque no nos ofrecen una identidad cerrada, sino una identidad en permanente
discusión.
En el mundo
judío, contar historias no es entretenimiento: es supervivencia.
Después de cada catástrofe, de cada expulsión, de cada ruptura histórica, lo
primero que reaparece es el relato.
No para glorificar el pasado, sino para hacerlo pensable.
La Shoá,
por ejemplo.
Durante años se creyó que no podía narrarse.
Y, sin embargo, la literatura y el cine encontraron formas —fragmentarias,
imperfectas, a veces dolorosas— de hacerlo.
No para explicar lo inexplicable, sino para evitar el silencio.
Y ese gesto
también define identidad.
Una identidad que no se construye sobre el olvido, sino sobre la memoria
trabajada, interrogada, transmitida.
Hoy, cuando
las identidades parecen volverse volátiles, cambiantes, fragmentadas y muchas
veces instrumentales, el cine y la literatura judía siguen proponiendo otra
cosa: una identidad que no se declama, se narra.
Que no se hereda intacta, se reescribe.
Cada
generación vuelve a contar las mismas historias, pero desde otro lugar.
Y en esa reescritura hay continuidad y ruptura al mismo tiempo.
Por eso,
cuando leemos una novela judía o vemos una película judía, no estamos frente a
“temas judíos”.
Estamos frente a preguntas universales formuladas desde una experiencia
particular.
¿Quién soy
cuando ya no pienso como mis padres?
¿Qué hago con una memoria que no viví, pero me habita?
¿Cómo convivo con una tradición que me aloja y a la vez a veces me asfixia?
¿Dónde termina la pertenencia y empieza la libertad?
El cine y
la literatura judía no responden esas preguntas.
Las mantienen abiertas.
Y tal vez
ahí esté su mayor aporte.
No decirnos quiénes somos, sino impedir que dejemos de preguntarnos.
Porque una
identidad que deja de narrarse se fosiliza.
Y una identidad que se fosiliza, se vuelve dogma.
En cambio,
una identidad que se cuenta —una y otra vez— sigue viva.
Como una conversación que no se clausura.
Como un texto que siempre admite un comentario más al margen.
Por eso el
cine y la literatura judía no son un espejo pasivo.
Son un laboratorio identitario.
Un espacio donde nos probamos, nos discutimos, nos contradecimos.
Y quizás
por eso, incluso quienes se alejaron de la práctica religiosa, incluso quienes
dudan de toda pertenencia, siguen encontrándose ahí.
En una novela.
En una película.
En una historia que, de algún modo, los nombra.
Porque al
final, más allá de credos y geografías, ser judío también es eso:
pertenecer a una tradición que nunca dejó de contarse a sí misma.
Y mientras
sigamos narrándonos, discutiéndonos y mirándonos con honestidad, esa identidad
—con todas sus tensiones— seguirá existiendo.
No como
respuesta.
Sino como pregunta viva
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