DAR Y RECIBIR
DAR Y RECIBIR
Arieh
Sztokman. Rabino
¿Pero cómo se siente la presencia de Dios en medio
de la vida diaria? ¿No desde la cima del Monte Sinaí sino desde la llanura que
lo rodea? ¿No cuando está envuelto en relámpagos y truenos como en la gran
revelación sino en el transcurso de un día entre tantos otros?
Este es el secreto transformador de la palabra
Terumá. Significa “una contribución”.
Dios le dijo a Moisés: “Diles a los hijos de Jacob
que den una contribución para Mí. Vas a recibir una contribución para Mí, de
todos aquellos cuyo corazón les impulse a dar.” (Éxodo. 25:2)
La mejor forma de encontrar a Dios es dar.
Nunca nadie me dijo algo tan importante y
maravilloso. Yo hasta hoy no lo sabía. He dado y doy, pero ignorando este
trascendental significado.
El propio acto de dar fluye de, o conduce a
comprender que lo que damos es parte de lo que se nos ha dado.
Es una manera de agradecer, un acto de gratitud.
Es de bien nacido ser agradecido.
Los seres humanos tenemos relaciones con Dios (Bein
Adam la Makom) y relaciones con otros seres humanos (Bein Adam la javeró). En
las relaciones entre seres humanos, también encontramos a Dios, porque cada
persona tiene a Dios dentro de sí mismo.
A Dios le devolvemos, con el ser humano
compartimos.
También es muy importante, en las relaciones
humanas, recibir lo que el otro da. Ser la otra cara de la misma moneda.
Esta es la diferencia en la mente humana entre
estar en presencia de Dios o estar en ausencia de Dios.
Si Dios está presente, significa que lo que
poseemos es de Él.
Él creó el universo. Él nos hizo. Él nos dio la
vida. Él nos insufló el mismo aire que respiramos. En todo nuestro derredor
está la majestad, la plenitud de la generosidad de Dios: la luz del sol, el oro
de la piedra, el verde de las hojas, el canto de los pájaros. El mundo es la
galería de arte de Dios, y Sus obras maestras están por doquier.
Cuando la vida es un don, se le reconoce
retribuyendo.
Pero si la vida no es dada porque no hay un
Dador, si el universo entró en existencia sólo por una fluctuación
aleatoria del campo cuántico; si no hay nada en el universo que sepa de nuestra
existencia; si no hay nada en el cuerpo humano más que una cadena de letras del
código genético y en la mente humana nada más que impulsos eléctricos del
cerebro; si nuestras convicciones morales son mecanismos propios de
autoconservación y nuestras aspiraciones espirituales meros espejismos,
entonces es difícil sentir agradecimiento por el don de la vida.
No hay don si no hay dador.
Hay solamente una serie de accidentes sin sentido,
y es difícil sentir gratitud por un accidente.
Por lo tanto, la Torá nos dice algo simple y
práctico.
Debes dar, y llegarás a ver la vida como un
obsequio.
No es necesario comprobar que Dios existe.
Todo lo que debes hacer es dar gracias por tu
existencia – y lo demás vendrá.
Es así como Dios se acercó a los hijos de Israel a
través de la construcción del Mishkán (Tabernaculo).
No hace referencia a la calidad de la madera, de
los metales ni de los revestimientos. No tiene que ver con el brillo de las
joyas del pectoral del Sumo Sacerdote. No importa la belleza arquitectónica ni
el aroma de los sacrificios.
Es por el hecho de que fue construido mediante los
aportes “de todos aquellos cuyo corazón les impulsó a dar” (Éxodo. 25:2).
Donde el pueblo da voluntariamente uno a
otro y a las causas sagradas, es ahí donde yace la Divina Presencia.
De ahí la palabra especial que le da el nombre la
parashá de esta semana: Terumá.
Fue traducida por el Rabino Jonathan Sacks (Z”L)
como “contribución” pero en realidad tiene un significado ligeramente distinto
para el cual no hay palabra equivalente en nuestro idioma. Es “algo que eleva”
por la dedicación a una causa sagrada. Tú lo elevas, y luego te eleva. La
mejor forma de escalar las alturas espirituales es simplemente dar, en
agradecimiento a lo que te han dado.
Dios no vive en una casa de piedra. Vive en el
corazón de los que dan.
Desde diversas perspectivas, al dar, el ser humano
a menudo reconoce o reafirma la existencia de un dador superior (Dios) Se
entiende el acto de dar como un reflejo de amor, gratitud y dependencia de una
fuente superior. En la fe cristiana, se enseña que el dador alegre reconoce que
todo lo que posee proviene de Dios.
Aspectos clave sobre el reconocimiento al dar
Reconocimiento de la fuente: Dar
conscientemente implica reconocer que hay un "Dador" (Dios) que
provee, y al dar el humano refleja el carácter de ese dador.
Reciprocidad social: Desde un enfoque más
humano, los "dadores" (o personas generosas) también reconocen el
valor de los demás y la necesidad de la cooperación, creando un ciclo de dar y
recibir que fortalece la cohesión social.
Conciencia del acto: Implica gratitud y
alegría al reconocer que la capacidad de dar viene de la provisión
recibida.
En resumen, dar genera conciencia de que la persona
no es la única fuente de sus recursos, sino que es un canal de una provisión
mayor, lo que lleva al reconocimiento de un dador original, ya sea en un
contexto de fe o en la valoración del prójimo.
SHABAT SHALO
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