LA CERCANIA DE DIOS
En este Shabat, 4 de abril de 2026 del calendario
gregoriano, 17 de nisan de 5786 del calendario hebreo, jol ha moed pesaj (día
intermedio de Pesaj), leemos en la Torá Éxodo 33:12 – 34:26.
Acompaño el comentario a la Tora escrito
oportunamente por el Rabino Jonathan Sacks (Z”L).
LA CERCANIA DE DIOS.
Cuanto más estudio la Torá, más conciencia tengo
del inmenso misterio de Éxodo 33. Este es el capítulo que está puesto en el
medio de la narrativa del Becerro de Oro, entre el capítulo 32 que describe el
pecado y sus consecuencias, y el 34, el de la revelación a Moisés de los trece
atributos de la misericordia, la segunda serie de las Tablas y la renovación
del pacto. Entiendo que es este misterio lo que enmarca la forma de la
espiritualidad judía.
Lo más enigmático del capítulo 32 es, primero, que
no está claro de qué se trata. ¿Qué hacía Moisés?
En el capítulo anterior ya había pedido dos veces
que fuera perdonado el pueblo. En el 34 lo hace nuevamente. ¿Entonces qué es lo
que estaba tratando de lograr en el capítulo 33?
Segundo, los pedidos de Moisés son extraños. Dice,
«Muéstrame ahora Tus caminos» (Éxodo. 33:13) y «Muéstrame ahora Tu gloria» (Éxodo.
33:18). Estos parecen ser más bien intentos de comprensión metafísica o de
experiencia mística, que pedidos de perdón.
Tenía más que ver con Moisés como individuo, que
con el pueblo por el cual estaba rogando.
Era un momento de crisis nacional. Dios estaba
enojado, la gente traumatizada. Toda la nación estaba confundida, no era
momento para que Moisés pidiera un seminario de teología.
Tercero, en más de una oportunidad la narrativa
parece retroceder en el tiempo. En el versículo 4, por ejemplo, dice “ningún
hombre se puso su ornamento”, y en el siguiente Dios dice “Ahora, sáquense los ornamentos”
(Éxodo. 33:5).
En el versículo 14 Dios dice “Mi presencia irá con
ustedes”. En el versículo 15 Moisés dice “Si Tu presencia no viene con
nosotros, no nos hagas abandonar este lugar”. En ambos casos, los tiempos
parecen invertidos: la segunda frase está contestada por la anterior. La Torá
claramente nos está llamando la atención, pero ¿sobre qué?
Agreguemos a esto el misterio del becerro de oro,
¿era o no un ídolo? El texto señala que el pueblo dijo, «Esto, Israel, es tu
Dios que nos sacó de Egipto» (Éxodo. 32:4), pero también dice que buscaron al
becerro porque no sabían qué le había pasado a Moisés. ¿Buscaban
reemplazarlo a él o a Dios? ¿Cuál fue su pecado?
Envolviéndolo todo está el misterio mayor de las
secuencias precisas de los extensos pasajes del Mishkán, antes y
después del becerro de oro. ¿Cuál era la relación entre el Santuario y el
Becerro?
En el corazón del misterio está lo raro y lo
perturbador de los detalles de los versículos 7 a 11. Nos dicen que Moisés tomó
su tienda y la alzó fuera del campamento. ¿Qué tiene que ver esto con el tema
en cuestión, o sea, la relación entre Dios y el pueblo después del becerro de
oro?
En todo caso, parecería lo peor que podía hacer Moisés
en ese momento y en esas circunstancias. Dios había anunciado recién «Yo no
estaré en medio de ustedes» (Éxodo. 33:3), con lo cual el pueblo estaba
profundamente desconcertado. Se «pusieron de duelo» (Éxodo. 33:4).
Para Moisés dejar el campamento debe haber sido
doblemente desmoralizante.
En tiempos de desconsuelo un líder debe estar cerca
del pueblo, no distante.
Hay muchas formas de leer este texto críptico, pero
a mí me parece que la interpretación más poderosa y simple es esta. Moisés
estaba haciendo su rezo más audaz, tan audaz que la Torá no lo especifica
directa ni explícitamente.
Debemos reconstruirlo a partir de las anomalías y
de las claves del texto mismo.
El capítulo anterior daba a entender que el pueblo
entró en pánico por la ausencia de Moisés, su líder. Dios mismo lo insinúa
cuando le dice a Moisés, “Baja, porque este pueblo tuyo, el
que tú sacaste de Egipto, se ha corrompido.” (Éxodo. 32:7).
La sugerencia es que la ausencia o el
distanciamiento de Moisés fue el causante del pecado. Tendría que haber estado
cerca del pueblo.
Moisés captó el mensaje. Bajó. Castigó a los
culpables. Rogó a Dios que perdonara al pueblo. Ese era el tema del capítulo
32. Pero en el 33, habiendo puesto orden en el pueblo, Moisés comenzó con un
enfoque totalmente distinto. Él efectivamente le estaba diciendo a Dios: lo que
el pueblo necesita no es que yo esté cerca de ellos. Yo soy
simplemente humano, hoy estoy, mañana no. Pero Tú eres eterno, Tú eres su Dios.
Ellos necesitan que Tú estés cerca de ellos.
Es como si Moisés estuviera diciendo: “Hasta ahora,
ellos Te han vivido como una fuerza aterradora, de los elementos, enviando
plaga tras plaga a los egipcios, poniendo de rodillas al imperio más grande del
mundo, dividiendo el mar, dando vuelta el orden mismo de la naturaleza. En el
Monte Sinaí, simplemente por escuchar Tu voz estaban tan sobrecogidos que
dijeron que si continuaban escuchándola “moriremos” (Éxodo. 20:16).” Moisés
está diciendo que el pueblo no necesitaba experimentar la grandeza de
Dios, sino la cercanía de Dios, no Dios escuchado en truenos y
relámpagos arriba de la montaña, sino la Presencia perpetua abajo, en el
valle.
Es por eso que Moisés retiró su tienda y la alzó
fuera del campamento, como diciéndole a Dios: no es mi presencia la que la
gente necesita en su seno, es la Tuya.
Es por eso que Moisés intentó comprender la
verdadera naturaleza de Dios Mismo. ¿Es posible que Dios esté cerca de donde
está la gente? ¿Puede la trascendencia tornarse en inmanencia? ¿Puede el Dios
que es más vasto que el universo vivir dentro de un universo en forma predecible,
comprensible, no sólo mediante intervenciones milagrosas?
A esto Dios respondió en forma altamente
estructurada.
Primero dijo: no puedes comprender Mis caminos.
“Daré gracia a quien dé gracia, y mostraré misericordia a quien mostraré
misericordia” (Éxodo. 33:19).
Hay un elemento de justicia divina que siempre debe
eludir la comprensión humana. Si no podemos entrar en la mente de otro ser
humano, mucho menos lo haremos en la mente del Creador mismo.
Segundo,” No podrás ver Mi rostro, pues ningún ser
humano puede verme y sobrevivir” (Éxodo. 33:20).
Los humanos pueden, como mucho, “ver Mi espalda.”
Aun cuando Dios interviene en la historia, sólo lo podemos ver
retrospectivamente, mirando hacia atrás.
Aunque decodifiquemos todos los misterios de la
ciencia, igualmente no podremos conocer la mente de Dios.
Sin embargo, tercero, puedes ver Mi “gloria”. Eso
fue lo que preguntó Moisés cuando se dio cuenta de que nunca iba a conocer Sus
“caminos” ni ver Su “rostro”. Por eso Dios pasó mientras Moisés quedaba parado
en la “hendidura de la roca” (Éxodo. 33:22). No sabemos, a esta altura, qué
entender exactamente por la gloria de Dios, pero lo descubrimos al final del
libro de Éxodo.
Los capítulos 35-40 describen cómo los israelitas
construyeron el Mishkan. Cuando estuvo terminado y armado leemos lo
siguiente:
Luego la nube cubrió la tienda de reunión, y
la gloria del Señor llenó el Mishkán. Moshé no
pudo entrar a la tienda de reunión porque la Nube se había instalado en ella,
y la gloria del Señor llenó el Mishkán. (Éxodo.
40:34-35).
Ahora comprendemos todo el drama puesto en marcha
por haber hecho el becerro de oro. Moisés rogó a Dios que se acerque al pueblo,
para que Lo pudieran encontrar no sólo en momentos de milagros irrepetibles
sino en forma regular, diaria, y no por una fuerza que amenaza destruir todo lo
que toca, sino como una Presencia que puede sentirse en el corazón del
campamento.
Fue por eso que Dios le ordenó a Moisés
construir el Mishkán. Es lo que quiso decir cuando Él exclamó: “Harán para Mí un
santuario y Yo viviré (ve-shajanti) en medio de ellos” (Éxodo. 25:8).
Es de este verbo que obtenemos la palabra Mishkán,
“Tabernáculo”, y la palabra post-bíblica Shejiná, que significa la Divina
Presencia. Aplicado a Dios, como discutimos la semana pasada en Parashat
Terumá, significa “la Presencia que está cerca”. Si esto es así – y es la
forma en que Yehuda Halevi interpretó el texto – entonces toda la institución
del Mishkán fue una respuesta Divina al pecado del Becerro de
Oro, y la aceptación por parte de Dios del ruego de Moisés de que Él se acerque
al pueblo.
No podemos ver la cara de Dios; no
podemos comprender Sus caminos; pero podemos encontrar Su gloria en
el sitio en que construyamos una casa, en la tierra, para Su presencia.
Ese es el milagro continuo de la espiritualidad
judía.
Nadie antes del nacimiento del judaísmo vislumbró a
Dios de manera tan abstracta y alucinante: Dios es más distante que la estrella
más lejana y más eterno que el tiempo mismo. Sin embargo, ninguna religión Lo
ha sentido más cerca.
En el Tanaj los profetas discuten con Dios. En el
libro de Salmos, el rey David habla con Él en un marco de suma intimidad. En el
Talmud Dios escucha debates entre los sabios y acepta sus conclusiones, aunque
vayan en contra de la voz celestial.
La relación de Dios con Israel, dicen los profetas,
es como la del padre con su hijo, o entre marido y mujer. En el Cantar de los
Cantares es como la de dos amantes apasionados. El Zohar, el texto clave de la
mística judía, usa para esto el lenguaje de la pasión más audaz, así como Yedid
Nefesh, el poema atribuido al cabalista de Tzfat del siglo XVI R. Eleazar
Azikri.
Esa es una de las diferencias más marcadas entre
las sinagogas y las catedrales de la Edad Media. En la catedral se siente lo
vasto de Dios y la pequeñez de la humanidad. Pero en la Altneushul de Praga o
en las sinagogas de Ari y Rab Joseph Karo de Tzfat se siente la cercanía de
Dios y la grandeza potencial de la humanidad.
Muchas naciones veneran a Dios, pero los judíos son
los únicos que se cuentan como Sus parientes cercanos “Mi hijo, Mi primogénito,
Israel” (Éxodo. 4: 22).
En la entrelínea de Éxodo 33, si escuchamos
atentamente, percibiremos la aparición de una de las características más
distintivas y paradójicas de la espiritualidad judía. Ninguna religión Lo ha
tenido más alto, pero ninguna ha tenido a Dios más cerca. Eso fue lo que se
propuso Moisés, y lo logró en Éxodo 33, en su más audaz conversación con Dios.
Extraído de lo escrito por el Rabino Jonathan Sacks
(Z”L)
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