TODOS SOMOS LIDERES

 

TODOS SOMOS LIDERES

            Arieh Sztokman. Rabino

 

 

En este Shabat hemos de leer las dos ultimas parshiot (secciones) del libro Levítico. Ellas son Behar y Bejucotai, son los capítulos 25-27;34 de dicho libro.

Moisés está describiendo a una nación que huye de sus enemigos:

El mero sonido de una hoja al viento los hará huir corriendo, ¡y lo harán como si estuvieran escapando de la espada! ¡Ellos caerán, aunque nadie los persiga! ¡Se tropezarán unos sobre otros como si fuera ante la espada, aunque nadie los persiga! No tendrán el poder de enfrentar a sus enemigos. (Levítico 26:36-37)

A primera vista, no parece haber nada positivo en este escenario de pesadilla.

Pero los sabios dijeron que “tropezar uno sobre otro” puede leerse “tropezará uno debido al otro”, y esto nos enseña que cada uno de los hijos de Israel es responsable por el otro.

Este es un pasaje decididamente extraño.

¿Por qué ubicar este principio aquí? Ciertamente toda la Torá expresa ese concepto, aun cuando Moisés habla de la recompensa de cuidar los preceptos lo hace colectivamente. Tendrán lluvias en la estación adecuada. Obtendrán buenas cosechas. El principio de que los judíos tienen una responsabilidad colectiva y que sus destinos están interconectados podría ser encontrado en las bendiciones de la Torá. ¿Por qué buscarlo en las maldiciones?

La respuesta es que no es específico del judaísmo el hecho que estemos todos ligados en nuestro destino.

Eso es aplicable a los ciudadanos de cualquier nación.

Si la situación económica es floreciente, todos se beneficiarán. Si hay orden, respeto por la ley y las personas se comportan amablemente entre sí, acudirán en ayuda del otro y habrá una sensación de bienestar generalizada.

Por el contrario, ante una recesión todos sufrirán. Si el barrio está azotado por la delincuencia, la gente temerá salir a la calle. Somos animales sociales, y nuestros horizontes de posibilidad están moldeados por la cultura y la sociedad en la que vivimos.

Todo esto es aplicable a los hijos de Israel siempre y cuando fuera una nación con tierra propia.

¿Pero qué pasa cuando sufrieron la derrota y el exilio y fueron dispersados por todo el mundo? Ya no poseían los lineamientos convencionales de una nación. No habitaban en el mismo lugar. No compartían el lenguaje de la vida diaria.

Mientras que Rashi y su familia vivían en el ámbito cristiano del norte de Europa y hablaban francés, Maimónides vivía en el Egipto musulmán, hablando y escribiendo en árabe.

Los judíos tampoco compartieron el mismo destino. Mientras que los que vivían en el norte de europeo sufrían persecuciones y masacres en la época de los Cruzados, los judíos de España gozaban de su Época de Oro. Cuando los judíos de España eran expulsados y obligados a errar por el mundo, los de Polonia gozaban de una rara época de tolerancia.

¿De qué forma entonces eran responsables uno del otro? ¿Qué fue lo que los constituyó como nación? ¿Cómo podrían – como lo expresó el autor del Salmo 137 – cantar la canción de Dios en una tierra extraña?

Hay solo dos textos en la Torá que se refieren a esta situación, las dos secciones de maldiciones, una en nuestra parashá y la otra en Deuteronomio en la parashá Ki Tavó (Deuteronomio 26).

Sólo en estos pasajes se habla del tiempo en el que Israel sufrió el exilio y se dispersó, como lo expresó más adelante Moisés, “entre las naciones de la tierra” (Deuteronomio 30:4)

Pero hay tres diferencias entre las maldiciones. El pasaje de Levítico está en plural, el de Deuteronomio en singular. Las maldiciones de Levítico son palabras de Dios, las de Deuteronomio, de Moisés. Y las de Deuteronomio no conducen a la esperanza, sino a una imagen de desolación:

Intentarán venderse como esclavos – tanto hombres como mujeres – pero nadie los querrá adquirir. (Deuteronomio 28:68)

Los de Levítico terminan con una crucial esperanza:

Pero a pesar de todo, cuando estén en territorio enemigo, Yo no los rechazaré ni los aborreceré al punto de la destrucción total, quebrando así Mi pacto con ellos, pues Yo soy el Señor su Dios. Sino que en honor a ellos recordaré el pacto con la primera generación, la de los que saqué de la tierra de Egipto a la vista de todas las naciones para ser Dios; Yo soy el Señor. (Levítico 26:44-45)

Aun en sus peores momentos, según Levítico, el pueblo judío nunca será destruido. Tampoco será rechazado por Dios.

El pacto seguirá en pie en todos sus términos y sus cláusulas estarán vigentes. Esto significa que los judíos siempre estarán ligados uno a otro por la misma responsabilidad mutua que tuvieron en la tierra – pues fue el pacto lo que los constituyó como nación y los ligó a Dios. Por lo tanto, aun cuando tropezarán uno sobre otro huyendo de sus enemigos, seguirán estando unidos por la responsabilidad mutua. Aun seguirán siendo una nación con un destino definido y compartido.

Esta es una idea especial y extraña, y su característica distintiva es la política del pacto.

El pacto se convirtió en un elemento primordial de Occidente posterior a la Reforma, así como la invención de la imprenta y la difusión de la lectoescritura permitió familiarizarse con la Biblia hebrea (el “viejo Testamento” como lo denominaron). Ahí aprendieron que los tiranos eran resistidos, que las órdenes inmorales no debían ser acatadas y que los reyes no gobernaban por derecho divino sino solamente por el consentimiento de los gobernados.

En las sociedades de pacto es todo el pueblo el que es responsable, bajo la tutela de Dios, del destino de la nación.

Esta es la esencia del pacto: estamos en esto todos juntos. No hay división en la nación entre gobernantes y gobernados. Estamos unidos, responsables en forma conjunta, bajo la soberanía de Dios, unos con otros.

En el judaísmo somos responsables solo por lo que pudimos haber evitado y no lo hicimos. Así lo expresa el Talmud:

Cualquiera que hubiera podido evitar que su familia cometiera un pecado y no lo hizo, es considerado responsable por los pecados de la familia. Si pudieran haber prohibido que sus compatriotas pecaran y no lo hicieron, son responsables por los pecados de ellos. Si pudieran prohibir que todo el mundo lo hiciera, y no lo hicieron, serán responsables por los pecados de todo el mundo. (Shabat 54b)

Esta sigue siendo una idea, además de inusual, de mucha fuerza. Lo que hizo que fuera específico del judaísmo fue que se aplicó a un pueblo desparramado por todo el mundo, unido solamente por el pacto que hicieron nuestros antepasados con Dios en el Monte Sinaí.

Nos dice que somos todos ciudadanos iguales en la república de la fe y que la responsabilidad no puede ser delegada en los gobiernos o presidentes, sino que nos pertenece inalienablemente a cada uno de nosotros. 

Somos realmente los guardianes de nuestros hermanos y hermanas.

Todos hemos sido llamados a ser líderes. Se puede cuestionar, con certeza, que, si todos somos líderes, entonces nadie lo es. Si todos lideran, entonces, ¿quiénes son los seguidores? El concepto que resuelve la contradicción es el pacto.

Liderazgo es aceptar la responsabilidad. Por lo tanto, si somos todos responsables uno por el otro, estamos todos llamados a ser líderes, cada uno dentro de su esfera de influencia – ya sea la familia, la comunidad o una organización aún mayor.

 

SHABAT SHALOM

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