LA TORA COMO LLUVIA
LA TORA COMO LLUVIA
Arieh
Sztokman. Rabino
En el glorioso canto con el que se dirige a la
congregación, Moisés invita al pueblo a pensar la Torá – el pacto con Dios –
como si fuera la lluvia que riega la tierra para que dé sus frutos.
“Goteará cual lluvia mi enseñanza,
fluirá cual roció mi dicho; cual llovizna sobre el césped y cual lluvia sobre
la hierba” (Deuteronomio 32:2)
La palabra de Dios, por intermedio de la Tora, es
como lluvia sobre tierra seca. Lleva vida. Hace que todo crezca.
Hay mucho que podemos hacer por nuestra propia
cuenta: podemos arar la tierra y sembrar semillas. Pero en última instancia,
para que crezca, el éxito depende de algo que está más allá de nuestro control.
Si no cae la lluvia, no habrá cosecha, cualquiera sea la preparación que
hagamos.
Así es con nosotros los seres humanos. Nunca
debemos caer en la tentación de la soberbia y afirmar: “Mi poder y la fortaleza
de mis manos han producido esta riqueza para mí.” (Deuteronomio 8:17)
Los sabios, sin embargo, percibieron que había algo
más en esa analogía.
Que mi enseñanza caiga como
lluvia: así como la lluvia es una sola cosa, pero al caer sobre árboles,
permite que cada uno de ellos produzca su fruto sabroso según el que sea – la
vid a su manera, el olivo a la suya, así como la palmera datilera – así es una
sola la Torá, pero sus palabras producen las Escrituras, la Mishná, las leyes y
la sabiduría popular. Como lluvia sobre pasto nuevo: así como el agua cae sobre
las plantas y las hace crecer, algunas verdes, otras rojas, otras blancas,
otras negras, así las palabras de la Torá producen maestros, seres valiosos,
sabios, personas rectas y hombres piadosos.
Hay una sola Torá, pero produce múltiples efectos. Genera
distintos tipos de enseñanzas, distintos tipos de virtud.
La Torá es a veces considerada por sus críticos
como demasiada prescriptiva, como si quisiera igualar a todos.
La Torá se compara con la lluvia precisamente para
enfatizar que su efecto más importante es hacer que cada uno de nosotros crezca
en lo que podamos ser.
No somos todos iguales, y tampoco la Torá pretende la
uniformidad.
Uno de los requerimientos fundamentales de un líder
en el judaísmo es que sea capaz de respetar las diferencias entre los seres
humanos.
El hombre es, la forma más
elevada de la creación, y por lo tanto el que tiene la mayor cantidad de
elementos constitutivos. Es el motivo por el cual la raza humana contiene una
variedad tan grande de individuos que no podemos hallar dos personas
exactamente iguales ni en cualidad moral ni en apariencia externa…
La gran variedad y la
necesidad de la vida social son elementos esenciales de la naturaleza humana.
Es importante que aprendamos a
respetar las diferencias para que también nos respeten a nosotros. No somos
mejores ni peores. Aprendamos a convivir en armonía.
Hasta ahora lamentablemente no
ha sido así, por el contrario, hubo y hay guerras entre seres humanos porque
prefieren el amor del poder en vez del poder del amor.
Empecemos cada uno de nosotros
con nosotros mismos y respetemos la dignidad de la diferencia.
El problema político es cómo regular los asuntos de
los seres humanos de tal forma que se respete su individualidad sin generar el
caos.
Lo mismo es aplicable aun para la revelación en el
Sinaí. Cada individuo oyó en las mismas palabras, una inflexión distinta.
El milagro de la creación es esa unidad en el cielo
que produce diversidad en la tierra.
La Torá es la lluvia que alimenta esa diversidad,
permitiendo que cada uno de nosotros se transforme en lo que podemos ser.
SHABAT SHALOM
Setiembre 18 de 2026
Tishrei 7 de 5787
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