REUNAMONOS

 

REUNAMONOS

            Arieh Sztokman. Rabino 

 

Hakel (Congrega. Reúne), el mandamiento de que el rey convoque al pueblo a reunirse durante la festividad de Sucot siguiente del séptimo año, la shemitá

“Reunirás al pueblo – hombres, mujeres y niños, y los extranjeros que residan en vuestras ciudades – para que escuchen y aprendan a respetar al Señor vuestro Dios y para cumplir cuidadosamente las palabras de esta ley. Sus hijos, que no conocen esta ley, deben escuchar y aprender a temer (respetar) al Señor vuestro Dios mientras vivan en la tierra que, al cruzar el Jordán, poseerán.” (Deuteronomio 31:12/13)

No hay referencia específica a este mandamiento en los libros posteriores del Tanaj (Biblia hebrea), pero hay relatos de encuentros muy similares: el pacto de celebración de renovaciones, en que el rey o mandatario equivalente reunía a la nación, leyendo la Torá o recordando al pueblo su historia, y llamándolo a reafirmar los términos de su destino como pueblo en su pacto con Dios. 

Hoy propongo que nos reunamos los seres humanos a fin de reaprender y educar el pacto hecho con Dios, respetando la dignidad de la diferencia. Somos todos hijos de Dios, la sangre que corre por nuestras venas en todos los casos sin excepción es roja.

“Formo Adonai Elohim al ser humano del polvo de la tierra y le insuflo en sus nares (narices) halito (aliento) de vida y se convirtió Adam en un ser viviente” (Genesis 2:7) Toda la humanidad esta hecha de la misma materia prima y dentro de cada uno de nosotros está el Espíritu de Dios.

Por ello respetemos la dignidad de la diferencia.

El libro de Deuteronomio en su totalidad es una reafirmación del pacto, casi cuarenta años y una generación posteriores al pacto original en el Monte Sinaí. 

Dios le estaba enseñando a Moisés, y a través de él a los judíos de todas las épocas, lo que es la inmortalidad, en la tierra, no solo en el cielo.

Somos mortales porque somos seres físicos, y ningún organismo físico vive eternamente. Crecemos, envejecemos, nos debilitamos, morimos.

Pero no somos solo seres físicos. También somos espirituales.

Esto nos enseña lo que es ser parte de un espíritu que no ha muerto en cuatro mil años y no morirá mientras haya sol, luna y estrellas.  

Dios le mostró a Moisés, y a través de él a todos nosotros, cómo ser parte de una civilización que nunca envejece.

Permanece joven porque se renueva reiteradamente.

Hakel, la ceremonia del pacto de renovación cada siete años, aseguraba que la nación se dedicaría regularmente a su misión. Hoy siglo XXI nos lo recuerda a nosotros.

Si Hakel es una renovación nacional, la orden de que tomemos parte de la escritura de un Sefer Torá (Rollo/Pergamino de Tora), es una renovación personal.

Fue la manera que tuvo Moisés de decir a las futuras generaciones: No es suficiente que digan ustedes: yo recibí la Torá de mis padres (o de mis abuelos o bisabuelos).

Tienes que recibirla y hacer que sea nueva en cada generación, por  lo tanto es aprender y educar.

Un pueblo que lleva consigo su pasado, puede construir su futuro sin temor. 

La renovación es una de las tareas humanas más difíciles. 

Las cosas ocurren.

Nos arrastran vientos de paso, nos enredamos en problemas que no son propios y quedamos a la deriva. Cuando esto ocurre, ya sea a individuos, instituciones o naciones, envejecemos. Nos olvidamos quiénes somos y por qué. Eventualmente somos superados por gente (u organizaciones o culturas) más jóvenes, con más ambición o dinamismo que nosotros. 

La única manera de seguir siendo joven, con pasión y vigor es mediante una renovación periódica, recordándonos de dónde venimos, adónde vamos y por qué.

¿A qué ideales nos hemos comprometido? ¿Qué camino estamos llamados a transitar? ¿De qué relato formamos parte? 

En qué tiempo preciso, entonces, y qué hermoso es que en el momento exacto en que el más grande de los profetas enfrenta su propia mortalidad, Dios le dé a él y a nosotros, el secreto de la inmortalidad, no sólo en el cielo, sino aquí abajo, en la tierra. Ya que cuando cumplimos nuestra parte de los términos del pacto, renovándolo en nuestras vidas, viviremos en los que nos seguirán, ya sea nuestros hijos, nuestros discípulos o aquéllos que hemos ayudado o influenciado.

Moisés murió, pero lo que enseñó, sigue viviendo

Ahora, nos toca a nosotros.

 

SHABAT SHALOM

2026/5786

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